Cuento
2
Caracolas para la abuela
Cuando llegamos no podía creer, ver
lo grande que es el mar. No lo conocía y mi primer impulso fue correr y que mis
pies se cubrieran de tan maravillosas olas. Para mi sorpresa, la primera de
ellas casi me cubrió, di tan grandes y desesperados manotazos, que cuando menos
lo esperé ya me encontraba en la orilla con las rodillas raspadas por la arena.
Esa emoción y miedo que por primera vez experimenté, hizo que fuera cauteloso y
no perderme disfrutar de lo hermoso que es la naturaleza. Así que mi abuela me
colocó un chaleco salvavidas y, mientras yo jugaba con las olas ella no me
perdía de vista.
Que bella es mi abuela, mira que
llenarme de bloqueador para que el sol no hiciera estragos en mi lánguido
cuerpo. Además no permitirme entrar al mar hasta pasar las dos horas
reglamentadas después de comer. Nadie me cuida mejor que ella. - ¡Que fuera de
mí!-exclamé.
La mañana antes de partir de nuevo
a la capital, caminaba acompañado de mi abuela por la playa recogiendo pequeñas
conchas que las olas arrastraban , de pronto descubrí tres grandes caracolas,
las tomé y corrí hacia una de las tantas olas para lavarlas, inmediatamente,
coloqué una en mi oreja derecha y escuché el mar. Emocionado por esta
experiencia, miré a mi abuela y le di un enorme abrazo, agradeciendo el mejor
regalo de mi vida. Yo, qué más podía darle, sino esas caracolas que hoy guarda
en un lugar muy especial de la casa, recordando aquella aventura que vivimos
ambos en ese lugar tan especial del
planeta.
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